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A propósito…
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A propósito…

por hefebreojulio 11, 2006

Sombras

A medida que pasa la borrachera de la fiesta de cada cuatro años que es el Mundial de futbol, conforme puede separarse el grano de la paja, se llega, sin demasiado esfuerzo, a la conclusión de que hubo más sombras que luces en el balance de esta edición de la Copa del Mundo.
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El presidente de la FIFA, Joseph Blatter, afirma que este ha sido “el mejor Mundial de la historia”. En cuanto a organización, es probable. En cuanto a futbol… ni de lejos.
Sin perjuicio de que hubiera algunos partidos memorables, de que surgieran en ellos chispazos deslumbrantes, de que se registraran unos cuantos goles de los que se recuerdan toda la vida, el sentimiento generalizado es de frustración.
Salvo los alemanes, que tuvieron una aceptable reconciliación con su pasado; los portugueses, que reeditaron un papel similar al de su mejor Mundial de la historia —el de Inglaterra, hace 40 años—, y los ecuatorianos, que dejaron cortos los más optimistas pronósticos acerca de su desempeño, fueron mayoría los protagonistas que se quedaron por debajo de los sueños de sus simpatizantes.
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Brasil se apagó lejos de la Final y más lejos aún del título; fue, por esta vez, la gran decepción del certamen. Argentina tampoco estuvo a la altura de sus diplomas ni de sus aspiraciones.
México llegó encaramado, inexplicablemente, en el cuarto lugar de las clasificaciones que los burócratas de la FIFA ya han ofrecido corregir, y regresó a casa instalado por los resultados en un modesto décimo quinto lugar. Las promesas de Ricardo La Volpe se parecieron a las de los merolicos de la plaza. El escaparate que supuestamente sería el Mundial para algunas de sus “figuras”, sólo permitió colocar a tres de ellas en Europa: Osorio, Pável y Salcido.
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Ni siquiera los finalistas se salvaron de cosechar más críticas por la tacañería que elogios por la generosidad de su futbol. El campeón —Italia— jugó de espaldas a las cuerdas la mayor parte del Mundial. Incluso en la Final, se interesó menos por jugar que por no dejar jugar; se preocupó más por cerrar la cancha que por buscar el balón.
Y encima, al mejor jugador del torneo —Zidane— le mandan a su casa el balón de oro, para no hacerlo ruborizar entregándoselo delante de la gente que tuvo, a la postre, más motivos para reconvenirlo que para aplaudirlo.

Por: Jaime García Elías

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